En un centro comercial vi un kiosko. Era una tiendita de esas new age que tienen música para relajar, inciensos y otras cosas para el espíritu y donde la señora que atiende anda ataviada con una túnica blanca y tiene el cabello lacio hasta la cintura y una mirada que traspasa planos de realidad real e imaginaria (sí, eso dije). En el negocio había a la venta, además de todo lo ya mencionado, tréboles de cuatro hojas. Los vendían ya enmicados y listos para guardarlos en la cartera. Suerte instantánea por unas cuantas monedas.
Hasta donde sé, o hasta donde me imagino que sé, es que el trébol de cuatro hojas tiene que ser encontrado, no comprado, y que el hecho de toparse con uno es la muestra misma de la buena suerte. Si se compra es hacerse tonto solo por dos grandes razones. Una, por creer que un objeto va a cambiar la suerte de quien lo posea, y dos, por creer, encima de todo eso, que un trébol comprado va a surtir el mismo efecto benéfico que uno encontrado.
No sólo eso. Supongo -y estoy casi seguro- que muchas de las personas que compran esos tréboles, creen en algún sabor de dios, pero no comprarían indulgencias porque no creen que pagando dinero se ganen el cielo. No puedo concebir que ambas posturas, sí al trébol y no a la indulgencia, quepan en una cabeza.
La próxima vez que pase por el kiosko, compraré un trébol y usarlo como separador en algún libro de Joyce. Creo que es el mejor uso que se le puede dar.
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