David Zimmer se quedó solo. Su familia entera murió en un accidente de avión. Se encontraba en lo más hondo de su depresión cuando descubrió a Hector Mann en un documental de televisión sobre cómicos del cine mudo. Hector Mann, después de hacer una docena de películas mudas de humor físico, desapareció sin dejar rastro. Salió de su casa y nunca se supo más de él. Su breve carrera en Hollywood lo dejó simplemente como una celebridad efímera perdida en el tiempo. Para Zimmer, Mann fue quien le sacó una carcajada cuando peor se sentía. Con el dinero del seguro que recibió con la muerte de su familia, se dedicó a rastrear y ver las películas de Mann. Luego hizo un libro sobre ellas. Esta obsesión por este olvidado actor fue lo que lo salvó del suicidio. Después de publicado su libro sobre la obra de Mann, recibe una carta de una mujer desconocida, invitándolo a conocer personalmente a Hector, quien Zimmer suponía muerto (después de 60 años desaparecido, es la suposición más lógica).
Auster, en “El libro de las ilusiones” -el único libro que hasta ahora he leído de él- coloca libros entre libros; en capas, como las de una cebolla o como las de la personalidad de un ogro. Habla de esos instantes fortuitos que hacen que una vida cambie de rumbo por completo. También propone la pregunta Zen: Si nadie ve una película, ¿existe? Lo que se extrapola a ¿si no lo ví y ni lo viví, existió?
Como bonus personal, hay un momento en la historia en que Auster hace una pequeña referencia a la ciudad en la que vivo.
No es un libro que levante los ánimos o para llevarse a la playa, es más mucho más sombrío que alegre. Traduzco un fragmento:
Se había convertido a sí mismo en una polilla y pasó el resto del día revoloteando alrededor de la llama de una vela. Sabía que sus alas podían prenderse en cualquier momento, pero entre más se acercaba al fuego, más sentía que estaba cumpliendo su destino. Como escribió en su diario esa noche: si pretendo salvar mi vida, tengo que llegar a una pulgada de destruirla.
“El libro de las ilusiones” -en la cabeza del lector- no termina cuando se llega a la última página. Se le sigue dando vueltas y vueltas. Después de eso, uno nunca sabe en que momento la vida hará que se traiga a la mente el libro, uno espera nunca tener que hacerlo, pero la realidad siempre es otra.











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Creo que es del tipo de libros que te ejercita la mente, por lo que cuentas, que no lo he leido
A mí me pasó eso con todos los libros de Auster… los seguí pensando y pensando, porque en definitiva hablan de la vida.
Sonia, muy recomendable el libro.
Jaz, entonces me seguiré leyéndolos. En cuanto encuentre otro, lo compro.
Si podés, que sea Leviatán. O Brooklyn Follies.
Lo terminé ayer… tenemos que comentarlo…