Una de las razones por la que prefiero no ponerme a escribir posts que no tengan nada que ver con un link es que me la paso quejándome. Aunque quejarse sea tan sabroso, liberando el alma de aflicciones adquiridas estúpidamente por eventos que ni debieran afectarme, no quiero invadir el blog con amarguras.
Ayer me disponía a abordar el avión que me traería de regreso a mi querida Mac, a mi casa-hotel-hogar. La hora era buena para llegar, relajarme y ponerme a navegar por Internet. Pero estando en la sala de espera para tomar el avión, por los altavoces dijeron que el vuelo se retrasaría media hora, luego dijeron que media hora más. Al final fueron tres horas de retraso. Con una hora de vuelo efectivo mas otra hora de taxi, el total fueron cinco horas de estar en aeropuerto, en avión y en taxi, queriendo llegar ya sin conseguirlo. Llegué, finalmente, casi hasta la una de la mañana, pudiendo haber estado a las 10 de la noche. Aunque no lo crean, me gustan los aeropuertos, a pesar de tener ya tres posts -con este- quejándome de situaciones relacionados a ellos.
Y ahora una observación, que no me amarga, pero que me deja con pocas esperanzas en este mundo matraca. Al hacer fila para abordar el avión (por fin), el tipejo que estaba de mí adelante en la fila le pasa el boleto a la persona que se encarga de cortarlo y regresar el talón. El boleto que le pasó era un churro, estaba enrollado y el hombre de la línea aérea tuvo que desenrollarlo, desarrugarlo, cortarlo y regresar su parte al tipejo. Está bien, fueron tres segundos de tiempo perdido, no importan. Lo que no me parece es que a las personas les importe poco las inconveniencias que provocan a otro sin una razón válida. El tipejo pudo, sin ningún problema, desenrollar su boleto mientras estaba esperando en la fila. No le costaba nada.
Algo parecido sucede cuando hay que subirse al transporte público. Hay personas que buscan el dinero para pagar el pasaje hasta el momento en que están en el autobús, ocasionando que los que vienen detrás tarden más en subirse. O cuando están en la fila del McDonalds y se ponen a leer las opciones de menú (desplegado en grande y para leerse desde lejos) hasta que están frente a quien toma la órden. Los de atrás no tenemos por qué pagar con nuestro tiempo.
Hay detalles que cuando se hacen bien, pasan desapercibidos, pero cuando no, hacen una diferencia para mal. No por no notarse se tienen que dejar de hacer o cuidar, es parte de la convivencia armónica y es lo menos que se puede hacer para con los demás.











Totalmente de acuerdo… y lo digo “desde el otro lado”. Cuando atiendo un cliente que me paga con un billete todo machucado (que me tengo que encargar de desmachucar para guardar en la caja), me pongo nerviosa y pienso en todos los otrsoc lientes que están esperando por ser atendidos.
Es una porquería, pero creo que la gente piensa cada vez menos en convivir armónicamente. Desde las guerras hasta en cosas simples como la que vos describís.
Left by jazlima on June 16th, 2007